LA SERRERIA (1ªparte)

Un relato de Vicente Vázquez. www.vicentevazquez.com

Opinion 14 de marzo de 2023 RML
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ASERRADERO HIDRAULICO DE EULOGIO - ETNOLEON

El destierro es una pena aparentemente irrelevante, porque se entiende y se impone, como la prohibición de vivir en un determinado lugar y, a fin de cuentas, pudiera parecer que da lo mismo vivir en un sitio o en otro. Pero la verdadera tragedia del destierro no es la prohibición de habitar, sino la imposibilidad de participar en la vida y anhelos de las personas que moran en los lugares objeto de la pena que, por otra parte, son los que le han visto a uno nacer, crecer y tratar de alcanzar la plenitud existencial a la que aspiramos los seres humanos. 

 

                El desterrado, arrancado de su tierra, corre el peligro de secarse de pena, al no poder vivir, como tampoco pueden las plantas, en cualquier clase de terrenos. Hay quien necesita tierras ricas en fermentos vegetales, con sedimentos de hojas de roble, haya y tilo, mientras que otros soportan bien los terrenos arenosos y secos, incluso quemados por el Sol. Ni los unos son mejores ni los otros peores, son seres acostumbrados a regímenes distintos, que han aprendido a vivir con estímulos igualmente intensos pero diferentes.

 

                Cuando se destierra a alguien, el desterrado, la mayoría de las veces, ni siquiera sabe cómo regresar al punto de partida ni cuándo hacerlo. Tiene prohibido el retorno y, a veces, incluso, tampoco se le permite conocer el camino de vuelta. Se le obliga a partir hacia una tierra desconocida, habitada por gentes igualmente desconocidas. La nueva tierra se puede recorrer y explorar, pero otra cosa es que las gentes lo reciban a uno en condiciones de normalidad. Puede suceder que aunque se habiten los mismos lugares, le extrañen a uno hasta hacerle sentir que también allí está desterrado, corriendo el riesgo de que las nuevas raíces no prendan y el condenado acabe seco como un palo, un palo seco, sin hojas, sin flores y sin nada.

 

Cervera de Pisuerga podría llegar a convertirse, para un niño, a la tierna edad de diez años, y a pesar de las apariencias, en un lugar de destierro, aunque se tratase de un destino decidido con la mejor de las intenciones de los padres de la criatura extrañada, con el propósito de contribuir a su crecimiento y posterior maduración en el mejor de los escenarios posibles. 

 

Allí había varias serrerías, donde se cortaban troncos de grandes árboles, antes de convertirlos en carros de vacas, específicamente diseñados para las labores agrícolas. Una de ellas era la de los Sierra, como si el apellido fuese la lógica consecuencia del oficio practicado durante años por varias generaciones familiares. La regentaba el tío Jesús, a quien le faltaba algún que otro trozo de los dedos de la mano, extraviado entre las virutas de madera salpicadas por las sierras y cepillos motorizados, dispuestos a destrozar incontroladamente todo lo que se pusiese a su alcance y dejar a su paso un olor a bosque violentado. La sangre, sin embargo, no dejaba olor, solo una tizne carmesí que empapaba el serrín incluso antes de su aterrizaje forzoso sobre el suelo del taller.

 

El coche de línea llegó a su destino a eso de la hora del Ángelus, después de un viaje rápido, por carretera asfaltada, un día bien soleado, siguiendo las estribaciones montañosas de la Sierra de la Peña. Atrás quedaba la Sierra del Brezo, donde la Virgen, allí aposentada, tenía a su disposición un hermoso monasterio oculto entre rocosas formaciones calizas, verdes praderías y umbríos robledales. Al dejar atrás Aviñante y nada más sobrepasar Cantoral de la Peña, a la mano izquierda de la carretera, andando unos pocos quilómetros por un camino de herradura, medio oculto entre las arboledas, le dijeron a la ingenua criatura que había un extenso bosque virgen donde habitaban unos árboles llamados tejos, y unos magos capaces de convertir la noche en día y el fuego en lluvia. No podría visitarlos hasta que, pasados los años, ya no tuviese miedo a tan peculiares criaturas. Era la Tejeda de Tosande y como no había llegado todavía el momento adecuado para visitar a los magos, siguieron viajando, hasta que apareció ante la vista una gran peña que surgía de entre la fronda y adquiría una considerable altura. Era el pico Almonga, cuyas laderas se cubrían en invierno de abundantes nieves, muy propicias para dejar volar la imaginación, que es lo que ocurre con la nieve impoluta cuando se contempla desde detrás de la ventana y al calor de la lumbre, sin poder ni siquiera imaginar lo inhóspita y fría que se vuelve cuando se la pisa. Ya estaban a punto de llegar a Cervera.

 

                La parada del autobús se hallaba justo enfrente de la serrería de los Sierra. El presunto desterrado se quedó en la casa del tío Jesús, pero la tía Manuela vivía a no más de treinta metros, calle abajo, con lo cual resultaba que tenía, en realidad, dos casas y varios primos; casi más familia junta de la que tenía en su lugar de origen. Los primos eran de su misma edad y las primas, hermosas muchachas, algo más mayores, estaban ya en la edad del pavo.  

                

Le pareció que la casa de la serrería, en la que iba a pasar una larga temporada,  o al menos eso era lo que se temía, sin embargo, era más bonita que la de sus padres. No era propiamente una casa, sino un conjunto de edificios, talleres y patios, y una huerta. Olía a grasa de automóviles, a neumáticos y a madera recién cortada. También se hacía notar de manera inconfundible el aroma dulzón de la pintura tierna que se desprendida de los carros de vacas ya terminados, y el agradable perfume de la mermelada de ciruelas y de otras frutas. 

 

La propiedad era un amplio espacio rectangular. En la parte que lindaba con la calle había un muro y una portilla de entrada a un patio, donde se acumulaban grandes troncos de árboles sin desbastar y maderas ya cortadas, apiladas en tablones perfectamente colocados; y en la parte derecha estaba la casa, de tres alturas. En el bajo había una tienda de repuestos de automóviles y camiones y más adentro un taller mecánico, con foso y torno para la fabricación o modificación de las piezas de repuesto. Las otras dos alturas estaban destinadas a la vivienda propiamente dicha, amplia y soleada. Más adentro, pasando al fondo del patio, se llegaba al taller. Era una nave espaciosa, con dos sierras de foso y una afiladora de mesa para las cintas de corte; una fresadora y una fragua, amén de varios bancos de trabajo de carpintero. Cada sierra de foso disponía de un carretón metálico, arrastrado sobre raíles de un tren de vía estrecha, que servía para colocar encima los árboles, sujetos con gatos, y pasarlos por la cinta cortante, cuya mitad inferior quedaba por debajo del nivel del suelo, metida en un foso, con escaleras, desde donde se podía dirigir el carretón. 

 

Desde el primer día, quedó advertido el nuevo inquilino de que no podía acercarse a los fosos de las sierras ni a la máquina fresadora. El cepillo era un cilindro de diez centímetros de diámetro, con dos cuchillas de acero de un corte excepcional. Giraba, accionado por un motor, a gran velocidad, de tal forma que las cuchillas sobresalían por encima de la rendija de la mesa lo suficiente para desbastar las maderas que por allí se deslizaban. Al tío Jesús, ya lo hemos apuntado, le faltaba medio dedo pulgar de la mano izquierda que se lo había mutilado aquella máquina. Los fosos eran aparentemente más peligrosos, pero sólo en apariencia, porque no era fácil que se produjesen cortes accidentales, ya que siempre se cortaban los árboles utilizando los carretones. Al muchacho le fascinaba ver el trabajo de las máquinas y sentir el olor de la madera recién cortada, justo en el momento en que se desprendían las virutas ligeramente impregnadas de restos de la sabia de algún árbol que ya estaba casi seco, a pesar de lo cual seguía desprendiendo un fuerte olor agradable y muy característico, como a bosque mutilado, o tonel de vino todavía virgen.

 

                Detrás del taller estaba la huerta, plagada de árboles frutales. Se la podría ver a través del gran ventanal del taller, si no fuese porque los cristales estaban llenos de polvo y serrín acumulado allí desde tiempos de los reyes godos, como poco; a pesar de lo cual, aquel lugar era ideal para la contemplación y el descanso. La parte trasera de la huerta estaba protegida de las miradas de extraños por altos muros de piedra. Allí se tendía la ropa recién lavada y se disfrutaba del descanso en las primeras horas de la tarde, tumbadas las personas sobre el césped, a la sombra de los frutales. 

 

Una vez aposentado en Cervera, ya por la tarde, le llevó el tío Jesús a la ferretería, para equiparlo con la vestimenta propia del taller, cuya prenda imprescindible era un mono, de color azul marino, de amplio pantalón y peto con bolsillos, y tirantes por encima de los hombros. Acostumbrado a la ropa normal, al chiquillo, aquel traje de trabajo le pareció todo un descubrimiento. No necesitaba camiseta, ya que el buen tiempo lo permitía, con lo que la indumentaria se componía exclusivamente de zapatillas, sin calcetines, calzoncillos y el mono. Le parecía que no se podía inventar nada mejor y más práctico.

                

Nadie se lo impuso pero, desde un principio, sintió verdadera atracción por el trabajo de la madera. Pasaba todo el tiempo en el taller y no encontraba momentos para el juego. Cuando faltaba era porque el tío Jesús, o la tía Eulalia, le habían hecho algún encargo, como ir a comprar una lata grande de agujas en aceite, para la merienda, o llevar un aviso a la casa de la tía Manuela, o cosas por el estilo. 

 

                A la vuelta de la esquina de la casa de la tía Manuela se encontraba el colmado de la Cascarita, una cantina con tienda de coloniales y uno de los hijos de la dueña era, además, gran pescador de cangrejos. En el desván de aquella enorme casa había un palomar con más de doscientas palomas. Desde que se enteró, el presunto desterrado, no hizo otra cosa que tratar de convencer a su prima Katy para que le llevase allí y, al final, lo consiguió. No por sus propios méritos, sino porque el hijo de la Cascarita quería mucho a sus palomas y, por supuesto, también a los niños. Subieron al palomar y descubrieron que los pájaros hablaban con su dueño a través de un extraño lenguaje que solo ellos conocían. A los pocos segundos, después de haber entrado en el palomar, el Cascarito desapareció por arte de magia, cubierto por entero de palomas. Era como una estatua colombina en la que no se podía ver parte alguna del personaje, como sucede a veces con el monumento dedicado al general Martínez Campos, en el Retiro madrileño. El hijo pequeño de la Cascarita era un hombre menudo y sensible, que tenía siempre la sonrisa en los labios. 

 

Le pareció que allí había un pequeño mundo por descubrir, con muchas de las cosas propias de una taberna-colmado de pueblo, con penetrante olor a orujo, aceitunas y conservas escabechadas, que trasmitían una forma particular de sentir y comprender la belleza y lo sublime de lo sencillo. Al menos esa fue la incomprensible sensación que quedó grabada en el alma del sorprendido jovenzuelo.

 

                La primera lección recibida en la serrería fue aprender a clavar puntas. Parecía una pequeña tomadura de pelo, pero el tío Jesús dijo que lo primero que debía saber un buen carpintero era clavar puntas. De eso no cabía la menor duda. Una punta bien clavada se distingue porque no deja huella externa en la madera y porque sigue la misma dirección recta en toda su trayectoria de entrada, sin ninguna clase de doblamiento ni torcedura. El método correcto consiste en colocar la punta en el lugar adecuado, fijarla ligeramente a la madera mediante pequeños golpes de martillo, los estrictamente necesarios para que no se caiga y tome la dirección adecuada, y a continuación asestar el mínimo número posible de golpes certeros para hundirla por completo en la madera; en la mayoría de los casos con dos golpes debería ser suficiente. 

 

                El tío Jesús enseñó a su sobrino muchas cosas y muy importantes, no sólo cómo clavar puntas y utilizar con destreza las brocas o el serrucho de mano. Le enseñó también el verdadero sentido de la generosidad, que tal como él la entendía era, sobre todo, ser la causa de la alegría de los que le rodeaban. También le enseñó, con sus comportamientos, que la búsqueda de la perfección en el trabajo era una de las compensaciones más gratificantes que se podían obtener en la vida. 

 

Trabajaba de la mañana a la noche, y se le veía sufrir cada vez que tenía que hacer las cuentas del negocio. La verdad es que las cuentas eran complicadas, sobre todo para un hombre que siempre había puesto más empeño en el quehacer diario que en ganar dinero. El taller mecánico tampoco era fuente de beneficios y se había convertido más en tienda  de repuestos que otra cosa. 

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