VIAJE ASTRAL

Opinion 19 de abril de 2024 VICENTE VAZQUEZ
MAZMORRAS
MAZMORRAS - EL AMO DEL CASTILLO

Nada bueno cabía esperar de la decisión del tribunal. Me achacaron la muerte de la hija del corregidor, cuyo cadáver apareció en las esclusas del canal de riego, mi destino no podía ser otro que la horca. Sin embargo, seguía vivo, encarcelado y encadenado pero vivo.

               Mi estancia en la oscura celda de húmedas paredes, era la antesala de la muerte y, de no ser por el frío, los harapos que me cubrían, y el hambre que pasaba, habría podido pensar que el mundo se había detenido, esperando la sentencia.

               En mis noches solitarias veía los rostros arrugados de los jueces; viejos encanecidos, con pelos en las orejas y en las fosas nasales. Individuos muertos en vida. Por sus manos habían pasado miles de condenas, y por sus venas corría la sangre helada de los muertos que clamaban venganza. 

               Los dominios del corregidor real abarcaban todas las tierras situadas al oeste del río Pisuerga, desde el Pico Tres Mares hasta la vasta llanura de la Tierra de Campos.

               La sala del juicio, ubicada en el gran salón de la Casa Torcida de Saldaña, blasonada con el escudo de armas del Señorío, estaba llena de gentes venidas de todas partes, con predominio de mujeres y niños deseosos de asistir a la ejecución, pero también había un gran número de aldeanos desocupados y a mí me parecía que todos y cada uno de ellos eran culpables. Yo era el chivo expiatorio; el ser molesto que había que quitar de en medio.

               Nada bueno se podía esperar de la justicia feudal, cuyo arbitrio obedecía exclusivamente a la salvaguarda de los intereses de los poderosos. 

               De aquella mazmorra nunca nadie, antes, había podido escapar, pero yo lo iba a lograr, porque algo que mis guardianes desconocían estaba a punto de ocurrir:

               «Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma. La cantidad de materia permanece constante, pero, ¿qué pasa con la energía?»

               ¿Qué, y quién, era yo? ¿Cuánto de materia había en mí?, y ¿cuánto de energía?

               Sin saberlo, ni siquiera imaginarlo, yo era una mera ilusión, un conjunto de sueños, una sucesión inacabada de imágenes difusas, cual nubes de algodón en medio de una tormenta estival; unas venían y otras se iban y, al desaparecer, nada cambiaba, porque se volvían agua; y mis sueños eran ríos que iban a dar a la mar; que no es el morir, sino una sucesión inacabada de olas embravecidas que fustigaban la orilla de la playa, donde se tostaban al sol los restos polvorientos de lo que seguía siendo yo. No lo sabía, ni siquiera lo imaginaba…, pero lo sentía en lo más profundo de mi desesperada soledad, entre los enmohecidos muros de mi celda.

               Mis ilusiones eran una simple consecuencia de los cambios aleatorios en la composición de las cargas cuánticas que me identificaban como un ser único e irrepetible.

               Mis delirios me hicieron comprender que la vida no era más que una galaxia, formada por cargas eléctricas, positivas, neutras, y negativas, que viajaban, sin orden ni concierto, por un espacio mágico interestelar, donde cabía la posibilidad de ser estrella fugaz, a veces rayo y, a veces, un voluminoso  meteorito dispuesto a encontrar acomodo en el fondo del mar. 

               Así fue como mi ser, transformado, sin mi consentimiento y sin ni siquiera imaginarlo, en pura energía cuántica, franqueó los muros de la horrible celda, como si fuesen de humo y recorrió el cosmos violando los límites del espacio y del tiempo; algo que siempre había querido hacer. 

               En vez de andarme por las ramas, viajé al mundo homérico. Apasionante escenario, cuna de la civilización occidental. Dudé entre visitar primero Creta, Esparta, Troya, Atenas, Corinto o Micenas. Había tantos lugares a donde ir que toda posible decisión era traumática. Elegí personajes de relevancia en los que encarnarme cuánticamente, con el afán de comprender la esencia de sus sentimientos, como el miedo, la ira, el amor y el deber; los cuatro gigantes del alma.

               Fui, por momentos, el Prometeo encadenado, víctima de la ira de Zeus, cuyo castigo, tan indigno como la causa que lo había provocado, era fruto de la vergüenza que sintió el señor del Olimpo al tener que reconocer que lo había superado en ingenio alguien al que consideraba de inferior rango. Un águila me devoraba el hígado cada día, hasta que Heracles le dio muerte, con una certera flecha, y consiguió que Zeus diese por concluido mi tremendo castigo.

               Me hice presente en las venas de Sísifo y fui castigado por practicar el asesinato de viajeros y caminantes, al objeto de incrementar mis riquezas; aunque hay quien dice que fue por mofarme de dioses como Hades y Zeus. Condenado a vagar por el inframundo, arrastrando una pesada piedra por la empinada ladera de un monte, una y otra vez, me vi obligado a comprender que la lucha de mí mismo hacia las alturas era suficiente para llenar el corazón del hombre.

               Mis partículas cuánticas bailaron al son de la duda, la pasión y la culpa, sentidas por Orestes al verse obligado a dar muerte a su propia madre, y a su amante, para vengar a Agamenón, su padre. La tremenda duda surgió en mi vigésimo cumpleaños, cuando el oráculo de Delfos me mandó asesinar a Clitemnestra y Egisto. Pude llevar a cabo el crimen gracias al apasionado apoyo de mi hermana Electra. A continuación sobrevino el horrible sentimiento de culpa, que me sumió en la locura; de la cual me libró el juicio formal del Areópago, en la Acrópolis, en el que Atenea tuvo a bien concederme su voto exculpatorio.

               En las carnes de Dédalo, mis iones sufrieron los castigos de Minos. Aunque muerto el monstruoso Minotauro devorador de jóvenes, fui encerrado en el laberinto, de donde pude huir volando, con alas de cera que yo mismo supe fabricar. No me fue posible evitar que Ícaro, mi hijo, joven e imprudente, volara tan alto que el sol derritiese sus alas y, precipitado al vacío, pereciera en el fondo de mar.

               Al amanecer, cansado de tantos prodigios, y del tremendo esfuerzo exigido por mis viajes, me despertó el irritante chirrido de los goznes en el herrumbroso cerrojo de la puerta que bloqueaba la entrada de la mísera celda donde estaba recluido. Sin articular palabras, varios alguaciles, ayudados por el verdugo, me arrastraron encadenado hasta el cadalso. Me pusieron la soga al cuello y, antes de que me colgaran, yo mismo me lancé al vacio, convencido de mi supervivencia cuántica.

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