

El inicio de la temporada alta de incendios de 2026 nos encuentra exactamente donde lo dejamos: preparados para lo previsible. En la línea de salida, nuestros bomberos forestales aguardan la señal frente a un horizonte que ya empieza a teñirse de humo. La consigna oficial es clara y no admite réplicas: cuando suena la alarma, no hay segundas oportunidades. Se sale a ganar, aunque el terreno de juego esté previsiblemente calcinado por las consecuencias no resueltas de la campaña anterior.
El panorama actual es el resultado directo de una gestión que prefiere la inacción antes que la prevención. Los restos de los incendios de 2025 continúan visibles en nuestros montes, convertidos en laderas desiertas donde la única solución propuesta parece ser esperar a que el monte se limpie solo. Esta parálisis no es casual, sino el fruto maduro de nombramientos diseñados específicamente para el fracaso. La designación de Ángel Manuel Sánchez Martín al frente de la lucha contra incendios en Castilla y León es el mejor ejemplo: un perfil cuya contrastada ineptitud en la crisis del año pasado ha sido recompensada con la dirección del mando actual.
Mientras el monte espera su turno, la política local e institucional ofrece su habitual espectáculo de variedades. En el plano de las alianzas, las estrategias se deciden con la misma rigurosidad que un sorteo de feria, donde las siglas y los pactos cambian de color según la conveniencia del día. Esta desconexión con la realidad se hace aún más evidente en el mobiliario urbano, donde algunos parecen decididos a mantener el callejero congelado en pleno siglo XX, como si la Avenida de José Antonio fuera el eje sobre el que debe girar el futuro de la provincia más fascista que nadie.
La gestión municipal y el orden público tampoco se quedan atrás en originalidad. En El Burgo Ranero, la autoridad local ha decidido que la mejor manera de resolver un conflicto de tráfico con un tractor es acabar literalmente bajo las ruedas del vehículo, demostrando un concepto muy particular de la negociación urbana colocando en ese capítulo a alborotadores y más fascistas. Paralelamente, la Guardia Civil observa con ironía cómo la gestión de la política municipal se asemeja cada vez más a una función teatral donde los encargados de mantener el orden asisten como meros espectadores en primera fila.
El plano judicial y el económico cierran este balance con cifras que invitan a la reflexión. En Mansilla de las Mulas, las cuentas no cuadran para los de siempre: las penas de cárcel por corrupción y desfalco de dinero público se despachan con una ligereza que contrasta con la rigidez aplicada al ciudadano común. ¿Qué condena le ha de corresponder a un alcalde que calque los delitos de Ábalos?
Mientras tanto, en el ámbito deportivo, los derbis leoneses se consolidan como un negocio estrictamente familiar -a lo sumo, de cuñados-, todo es amistad para competir en una liga donde ninguno de los dos quiere estar… aunque al final están.
Todo esto ocurre mientras, en nuestras carreteras, la proliferación de radares parece tener como único objetivo constatar que, a más controles, peor se conduce y más imprudencias se registran. Todo el mundo sabe para lo que sirven los radares. Con esto tampoco nos vamos a engañar.


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