Cuando tienes que elegir entre tu familia y tu salud

A veces, y son muchas, las reuniones familiares se convierten en un vía crucis, que si eres muy religioso, asumes como uno de esos tránsitos que forman parte de este ‘valle de lágrimas’ que algunos consideran que tiene que ser la vida. Actos que además profesan, repiten y difunden como una condición inexcusable para ganar un cielo, que hoy por hoy, es imposible de demostrar. Con esta actitud, nos abonamos a convertir lo de aquí, lo único tangible, en un infierno.
Opinion12 de agosto de 2024CIPRI PERNASCIPRI PERNAS
REUNION FAMILIAR
REUNION FAMILIAR - RACHEL CLAIRE

Y estoy  hablando de las relaciones familiares.

Una cosa es pasar de visita para ver a cualquiera de esos vínculos apostillados (tanto por lazos de sangre como sus parejas) que no enganchan ni con cola de impacto. Que conste que la escala alcanza a todos, abuelos, padres, hermanos, sobrinos, cuñados y cuñadas.  Son una visita, un Hola, ¿Qué tal?, un hasta luego y después, cada uno para su casa.

Otra muy distinta son las convocatorias de celebración, comidas, bodas, bautizos y comuniones. Eventos que empiezan o acaban por convertirse en el sembrado de campos de minas, alianzas y desencuentros con cualquiera de esas figuras familiares.

En todo ello, tiene un papel muy importante, la devoción y la obligación que forman parte de la tradición. Y como el sistema es tan sibilino y no aporta fórmulas naturales de resolución, tanto heredada como aprendida, terminamos por encontrarnos en tierra de nadie. Concluyendo,  que como no sabemos hacerlo de otra forma, nos sumaremos, como siempre hemos hecho, al pelotón de una etapa ciclista que no conoce donde tiene la meta. Metáfora que explica cortito como nos sentimos en medio de esos jardines.

Cuando llega la convocatoria para esos eventos, lo primero que nos dice a la oreja nuestro saboteador personal es: “uf, qué rollo…”. Sabemos quién, cómo y cuándo alguien sacará a relucir tal o cual trapo sucio sobre tu manera de vivir, con quién te relacionas, si tienes hijos o no, o si tu trabajo, inversiones, oficios y beneficios son adecuados para ti.

Es todo como un ‘reality’ televisivo en el que las alianzas fluyen más falsas que los duros de cuatro pesetas, con unos fines tan absurdos como indeterminados, que se basan en:  o estás conmigo, o estás contra mí. Es que el espíritu bélico lo llevamos en los genes actuando por reflejo, tanto cuando la intención nos domina, como cuando nosotros la pretendemos dominar.

Y he aquí, nos encontramos en una magnífica mesa, en la que todos están peleados con todos. Actos que sirven, como mucho, para reafirmar la autoridad de algún miembro del cónclave que, a pesar de los pesares, mantiene el poder de sentar en un evento a gente que no se soporta, cuando no se odia.

Si te lo preguntas objetivamente… ¿Para qué? Pues como no sea por esperanza, es en la mayor parte de los casos, para hacer que las grietas entre unos y otros se hagan más profundas. Cuando lo sabes, lo ves y sobre todo, lo sufres, tienes que suturar la herida como paso posterior a una más que posible amputación que te salve. Tanto a ti, como a los demás. ¡Se llama decir basta!, y tenemos que asumir ese momento como algo terapéutico que no nos haga sentir culpables de conflictos que no tienen solución. Lo tenemos que aceptar, más allá de los reproches que se producirán cuando tomes la decisión.

Crecemos en un trayecto en el que sumamos pequeñas heridas en un supuesto valle de amor que suceden año tras año, inapreciables y fruto de la costumbre que genera la convivencia. Es como la radiación que recibimos cada vez que te hacen una radiografía. Parece que no pasa nada, pero vamos sumando algo sobre lo que si no ponemos coto, terminará por afectarnos letalmente. Desde lo mental a lo físico.

Cada uno es como es y nos obstinamos en que los demás cambien. Tenemos un problema que solo tiene una solución. Somos responsables de nuestros cambios, nunca de los de los demás. Necesitamos ese instante de objetividad en el análisis de nuestra situación personal. Un ejercicio que es imposible de practicar con éxito si no estamos relajados mirando los datos desde la distancia y la frialdad. Llegados a ese punto observas que el problema no lo tiene el que nos molesta. Lo tenemos nosotros y no queda otra que seamos nosotros los que le pongamos solución.

Es nuestra vida y lo que suceda con ella no le compete a nadie más que a ti. Al final y volviendo al principio de este artículo, La vida no es otra cosa que empezar para terminar. En medio solo queda un viaje que ha de ser de disfrute, o lo que es lo mismo, dar fruto, procurando que lo que obtengamos sea sano, productivo, referente y perdurable. Aprender a decir NO es de lo más balsámico de nuestra existencia.

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