LO MEJOR ESTABA POR LLEGAR (4/5): La proposición indecente

PARTE 4 DE 5
Opinion27 de febrero de 2024 VICENTES VAZQUEZ
DE VINOS
DE VINOS - BOÑAR HISTORICO

Yago pasó la semana sin pena ni gloria, salvo que el jueves, al terminar la faena, después de asearse, quedó con el asturiano para salir a dar una vuelta por el pueblo y tomar unos vinos. 

A partir de las nueve de la noche todos los bares estaban muy concurridos. Enseguida notaron que, aparte del fútbol, el chateo era el entretenimiento habitual. Se tomaba vino peleón, y en todos los corros se hablaba de la liga y las quinielas. Sin embargo ellos, ahora que, por fin, tenían trabajo curioso, deseaban algo diferente. Pidieron una botella de champán y, antes de que el asturiano abriese la boca, Yago dijo que corría de su cuenta. 

En el preciso momento en que el camarero estaba sirviendo las copas apareció el turco. Se saludaron y Yago hizo las presentaciones. 

El Perlita tenía muchas tablas, se comportaba como si fuese un obrero más, cuando la verdad era que se le veía siempre vestido como un dandi, oliendo a colonia, las manos finas, casi como las de una mujer, y con el aspecto típico de no haber dado nunca un palo al agua. 

– ¿Cómo van las cosas por la térmica? 

– Trabajo no falta. Hay mucha tarea…

– Hemos tenido suerte –dijo el montador, dirigiéndose al turco– y tú, por cierto, ¿a qué te dedicas?

Yago, aunque no dijo nada, se quedó sorprendido, porque no esperaba que el asturiano fuese tan directo. Y, sin embargo, eso era precisamente lo que él quería saber. A qué se dedicaba el Perlita. Máxime después de lo que había ocurrido en la noche de marras. Lo miró cautelosamente, tratando de que no se diese cuenta de que lo observaba y esperó ansiosamente una respuesta.

– No es algo de lo que me guste hablar en público –dijo el turco–. Quiero decir, habiendo gente alrededor. Nunca se sabe quién está escuchando y con qué intenciones. De eso ya hablaremos. Ahora vamos a tomarnos esa copa… Por cierto, Yago, hablando de otra cosa, ¿por qué no quedamos un día de estos para hacer planes de futuro? Creo que podemos llegar a ser los jugadores de póker más famosos en estas tierras.

Parecía que al turco le gustaba gastar bromas a sus amigos, pero al  mismo tiempo sus palabras sonaban un tanto enigmáticas, y escondían algo que no quería que supiesen los demás, salvo Yago. 

Quedaron en verse al día siguiente en el domicilio privado del Perlita. Yago tomó la dirección y le dijo a su amigo que acudiría a la cita a la salida del trabajo. El asturiano, consciente de la situación, se mantuvo discretamente al margen.

La casa del Perlita era un coqueto chalé situado en la parte alta del pueblo. Desde la terraza podía verse todo el valle. Al fondo, la fábrica de explosivos, y por encima, marcando la línea del horizonte, hacia el oeste, se veía una gran masa forestal de robles y hayas que se extendía hasta más allá de donde llegaba la vista. Ocultas entre las espesas arboledas estaban las bocaminas. Y entre medias, partiendo el valle en dos mitades trazadas a cuchillo, discurría un caudaloso río, aguas abajo de lo que iba a ser la nueva central térmica, cuyas orillas estaban cubiertas de una densa vegetación, en la que predominaban los chopos de gran porte, y los fresnos, intercalados entre tupidas salgueras y algún que otro serbal. 

Yago se había quedado boquiabierto al entrar en la casa del turco y ver el lujo en el que vivía su amigo. Era todo oídos, pero antes de escuchar lo que el Perlita tuviese que decirle, tenía varias preguntas que necesitaban una respuesta:

– ¡Vamos a ver!… Quiero darte las gracias por compartir las ganancias del juego cuando, en realidad, no estabas obligado a hacerlo. Y ahora, si no te importa, me gustaría saber a qué obedece tan generoso comportamiento. Nadie da nada a cambio de nada, y menos aún en estos tiempos que corren.

– De eso precisamente quería hablarte –esa fue la sorprendente respuesta del Perlita–. El otro día me preguntó tu amigo a qué me dedicaba. No quise decir nada delante de extraños. Por eso te propuse quedar aquí para poder hablar a solas contigo. 

Verás…, en realidad me dedico a muchas cosas y…, como puedes ver…, no me va nada mal. La pala con la que tú trabajas la he vendido yo. Soy el representante oficial de esa marca y de algunas más; pero también vendo servicios. En particular pólizas de seguros que cubren los riesgos de las obras y los desperfectos de las instalaciones. 

Si las máquinas no se averían gano dinero, porque me sale más barato el mantenimiento; si se averían, también, porque las reparo yo. Si no hay accidentes gano dinero, porque me ahorro las primas del seguro; y si los hay, siempre que no estén cubiertos por mis pólizas, también gano, porque me contratan nuevos servicios. Con esto quiero decir que, para mí, es muy importante estar al corriente de todo lo que pueda pasar en las obras. 

Si hay un accidente, necesito saber si se ha debido a riesgos cubiertos por mis pólizas, como por ejemplo un terremoto o, por el contrario, ha ocurrido porque la empresa no ha cumplido con los protocolos de seguridad contratados o, sencillamente, ha sido consecuencia de un comportamiento profesional negligente. En cada caso tengo que indemnizar al cliente con cantidades de muy distinta cuantía, o sustituir una máquina que todavía está en periodo de garantía. ¿Te das cuenta? Y ahí es donde entras tú en juego. 

Te propongo que seas mi hombre de confianza en la sombra, que mantengas bien abiertos los ojos y los oídos para informarme de todo lo que pueda ocurrir relacionado con mis intereses, de manera que yo sepa, en todo momento, porqué pasan las cosas y pueda obrar en consecuencia. ¿Qué te parece?

– Pues…, la verdad, no sé si estaré capacitado para hacer lo que tú quieres que haga. Yo, salvo manejar la pala, y enamorar a las mujeres, no he hecho nada bien en toda mi vida.

– Por supuesto que podrás hacerlo. Sólo te pido que me cuentes todo lo que veas en el trabajo que pueda estar relacionado con mis contratos. Cada vez que consiga una ganancia, o un ahorro, gracias a tu información, te pagaré un porcentaje. Así de simple. ¿Qué me dices?

– No acierto a comprender el verdadero alcance de tu propuesta, pero acepto…, siempre que quede claro que no me obligo a nada. ¿¡Estamos!?

– ¡Estamos!... Si te parece, voy a llamar a las chicas y lo celebramos... ¿Te quedas a cenar?

 

Cuando salió de la casa del Perlita, Yago sabía que había vuelto a cometer el mismo error. Había vuelto a beber más de la cuenta. Estaba entero, pero intuía que de un momento a otro dejaría de estarlo y. para su desgracia, sentía una verdadera necesidad de seguir bebiendo. 

Creía que se había olvidado por completo de Sonia. Sin embargo, pudo recordar a duras penas el colmado donde la había conocido y allá se fue, sin saber muy bien por qué lo hacía.

 Al llegar comprobó que no había nadie dentro, salvo un camarero, detrás de la barra, con cara de aburrido. Se sentó en una mesa que había en un rincón, medio oculta, y pidió una botella de champán, muy fría. Creía estar seguro de que la bebida le ayudaría a aclarar las ideas. Si sabía aprovechar la ocasión, también él podría llegar a ser, algún día, alguien importante, como el Perlita. ¿Por qué no? 

Los efectos del alcohol, una vez más, le hicieron perder el contacto con la realidad. Alucinaba en colores, pensando en un futuro no muy lejano, en el que ya no tendría que acudir al trabajo, ni soportar el ruido constante de la puta pala, taladrándole el cerebro desde la mañana a la noche. Se veía rodeado de mujeres hermosas a las que les encantaba estar a su lado. Volvería al pueblo, donde había dejado abandonada a su pobre madre, le compraría un bonito chalé, situado en medio de un frondoso bosque de abedules, tilos y tamarindos, en los que anidarían toda clase de pájaros exóticos. Se vengaría de todos los envidiosos que le habían obligado a salir de allí como si fuese un apestado. ¡Se lo merecía!

Durante las semanas siguientes no volvió a ver al turco, ni oyó a nadie hablar de él. Era como si se lo hubiese tragado la tierra, o no hubiese existido nunca. Tampoco volvió por el bar de Sonia. Había perdido completamente el interés por la muchacha. Tenía la impresión de que la partida de póker y la cena posterior formaban parte de otra de sus muchas alucinaciones provocadas por la bebida. Había momentos en los que, sin saber cómo, ni por qué, se descubría tarareando en voz baja, como en un murmullo casi inaudible, alguna famosa copla, como “La bien pagá” o “La zarzamora”, y repetía machaconamente las pocas estrofas que se sabía de memoria, como si fuesen la letanía de un rosario. Las palabras de las coplas hacían las funciones de un mantra que anestesiara su mente, hasta sumirla en un estado hipnótico de éxtasis placentero del que no quería regresar. 

A pesar de los pocos días que habían transcurrido desde su incorporación al trabajo, se daba cuenta de que su vida seguía siendo tan absurda como lo había sido siempre; condenado a la soledad, la incomunicación y el deterioro progresivo de su mente, provocado por las inevitables borracheras de todos los días. 

No era capaz de abandonar la bebida, entre otras cosas, porque era la única escapatoria posible frente a una perspectiva laboral carente de ilusiones; enloquecido por el ruido de la pala y sin alternativas de futuro, salvo la que le ofrecía el turco, la cual seguía pensando que no era algo que él pudiera desempeñar. 

De las explicaciones del Perlita, tan poco acostumbrado como estaba a los intríngulis de los negocios, había entendido la mitad de la mitad, lo cual era motivo permanente de frustración y miedo a lo desconocido. 

No tenía motivos para desconfiar de su nuevo amigo, pero se daba cuenta de que le había propuesto convertirse en una especie de espía, y eso era algo que, a la larga, sin duda, podría traerle serias dificultades en su trabajo. 

Estaba seguro de que a sus jefes no les agradaría descubrir que él estaba metiendo las narices donde nadie le llamaba, y se sentía incapaz de comprender las verdaderas consecuencias que se derivarían de llevar a cabo lo que el turco le proponía.          

(continuará)

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