
Boñar y el canal del Arbajal: una obra pública no se gestiona con un "cuando se pueda"
RML
Hay respuestas políticas que no resuelven una duda, pero sí retratan un modelo de gobierno. La dada por el alcalde de Boñar sobre la paralización de las obras del canal del Arbajal pertenece a esa categoría. Decir que se retomarán "cuando se pueda" no informa, no concreta, no compromete y no permite a los vecinos saber qué está ocurriendo realmente con una actuación municipal que lleva demasiado tiempo detenida.
Y ahí está la cuestión de fondo. Una obra pública no funciona a base de expresiones abiertas ni de tiempos indeterminados. Su tramitación correcta es conocida. Primero se detecta la necesidad, se redacta el proyecto o la memoria técnica y se asegura la financiación. Después se aprueba el expediente, se licita, se adjudica y se formaliza el contrato. A partir de ese momento deben existir acta de inicio o de replanteo, plazo total de ejecución y, cuando proceda, plazos parciales o hitos concretos. Durante la obra tiene que haber dirección facultativa, control técnico, certificaciones y seguimiento político y administrativo real.
Eso incluye, además, la obligación de reaccionar cuando la actuación se desvía o se bloquea. Si una obra lleva tiempo parada, el Ayuntamiento no está para limitarse a contemplar el problema. Debe explicar si existe incumplimiento contractual, si se ha requerido a la empresa, si se han activado penalidades por demora, si se ha valorado una ampliación formal del plazo por causa justificada o si concurren razones para adoptar otras medidas previstas en el contrato. La obra pública no puede quedar suspendida en una especie de limbo sin que nadie aclare qué ha pasado, qué se ha hecho y qué va a ocurrir a partir de ahora.
Por eso la expresión utilizada por el alcalde no es menor. No es un simple tropiezo verbal. Es un síntoma político. Frente a un procedimiento que exige fechas, control y decisiones, se ofrece una salida blanda, abierta y sin compromiso verificable. "Cuando sea posible" no es un criterio de gestión. Es la expresión de una falta de dirección y, al mismo tiempo, la confirmación de que el gobierno municipal no está ofreciendo a los vecinos una explicación seria sobre una obra parada prolongada.
En ese punto resulta inevitable mirar también al área de Obras y Urbanismo. Si existe un responsable político de ese ámbito, su función no puede reducirse a acompañar la inercia de los hechos mientras una actuación municipal queda detenida sin respuesta pública suficiente. Una obra encallada exige seguimiento, control, presencia y rendición de cuentas. Y a tenor de lo que hoy se conoce, nada de eso está quedando acreditado con la claridad exigible. Más que una dirección firme del área, lo que se percibe es una gestión desdibujada, sin pulso y sin capacidad visible de reconducir el problema por parte del primer teniente de alcalde Ceferino Gil Benito.
Tampoco puede pasarse por alto la debilidad fiscalizadora de la oposición ante este modo de gobernar. Porque cuando un alcalde responde así y enfrente no encuentra una exigencia sostenida de datos, plazos, responsabilidades y medidas contractuales, el problema deja de ser exclusivo del equipo de gobierno. Pasa a ser también el de una oposición que no está apretando con la intensidad que reclama una obra pública detenida indeterminadamente.
Y eso conecta con una cuestión más amplia. Lo preocupante del caso del canal del Arbajal no es solo el parón, sino la sensación de estar ante una forma repetida de administrar los asuntos públicos en Boñar. Una forma de gestionar en la que faltan cronogramas claros, explicaciones completas y decisiones visibles cuando los problemas aparecen. Una forma de proceder que el municipio ya conoce demasiado bien y cuyas consecuencias han pesado en anteriores actuaciones y proyectos, con precedentes tan elocuentes como el de la residencia de ancianos con más de una década en el dique seco y sin perspectiva positiva para el municipio.
Eso es lo que vuelve especialmente reveladora la respuesta del alcalde. No solo por lo que dice, sino por lo que deja al descubierto. Deja al descubierto una cultura de gestión en la que el retraso se normaliza, la explicación se aplaza y la responsabilidad política se diluye. Deja al descubierto también una estructura municipal en la que, al menos de cara al ciudadano, no se percibe una autoridad capaz de ordenar, exigir y encauzar con firmeza una obra pública cuando deja de avanzar.
Ante una actuación detenida, lo exigible sería muy simple: estado exacto de la obra, fecha desde la que está paralizada, causa concreta del parón, plazo contractual vigente, medidas adoptadas frente a la adjudicataria si procede y previsión razonable de reinicio. Ese debería ser el mínimo. Todo lo que quede por debajo ya no es falta de tiempo para explicar. Es falta de voluntad para hacerlo.
En el canal del Arbajal no solo está en juego una obra. Está en juego (por enésima vez) una forma de ejercer el gobierno municipal. Y cuando la respuesta oficial en medio de la parálisis consiste en un "cuando se pueda", lo que queda en evidencia no es solo el retraso material de los trabajos. Lo que se ve es una manera de gestionar acostumbrada a funcionar torpe e imprecisa, sin la exigencia y el rigor que una obra pública reclama.


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